Tengo una... llamémosla manía. Cuando necesito ordenar algo en mi vida, ordeno todo lo que veo a mi paso. Me digo a mi misma que voy a renovarme y lo limpio todo. Desde los lugares más recónditos del armario hasta la mesa de mi escritorio, que por lo general ya no es un escritorio decente sino una montaña de ropa, libros y otras sorpresas. Estoy totalmente segura de que ese es siempre el primer paso, limpiar y ordenar. Incluso llego a tirar cosas inservibles que en otras ocasiones me ha dado pena tirar... ¡Menuda locura! Y me convenzo a mi misma de que a partir de ahora haré mil cosas más. Estudiaré, haré las cosas bien, dedicaré tiempo a tocar el piano y conseguiré aprender a tocar más de tres acordes en la guitarra. Retomaré la buena costumbre de leer libros, de este tiempo a otra parte ya perdida. Incluso escribiré uno, siempre he querido, de fantasía por supuesto. Decoraré mi cuarto con fotos... que lo tengo muy soso. Ayudaré en casa, que siempre estoy pensando en mi. Me fijaré más en las cosas de mi alrededor. Espero evadirme menos. Haré los ejercicios de cuello que el médico me recomendó para no sufrir dolores de cabeza. Me preocuparé más por las personas. Haré deporte para sentirme bien. No comeré tanto chocolate. Disfrutaré de lo que llegue. Perderé el miedo al avión y viajaré. Me sabré organizar a pesar de mi desorganizada cabeza. Debo cambiar las bombillas del cuarto que ya llevo mucho tiempo teniendo que encender la lamparita de la mesilla de noche para ver algo.
Recuperaré el norte que hace un tiempo perdí.
Y cuando me detengo en el marco de la puerta... una vez he acabado de limpiar, y observo la habitación que así ordenada parece sacada de una revista de muebles... sigo siendo la misma persona caótica y desorganizada. Solo que con una habitación limpia.
Supongo que es porque hice trampa... a veces me cansaba y escondía las cosas debajo de la alfombra.
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